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El cofre de los sueños

La hora del desayuno de los sábados es un momento sagrado. Desde que tengo uso de razón lo he esperado con ansiedad. Algunos sábados estuve fuera de casa por diversas circunstancias, mi tía nunca lo hizo, y en esos casos una llamada telefónica sustituía al encuentro, siempre a la misma hora.


Mi tía y yo solíamos conversar mucho. Ella siempre estuvo pendiente de mis asuntos y, más que aconsejarme como generalmente hacen los adultos con los niños, me hacía preguntas. Si mis recuerdos no me traicionan, nunca me dio un consejo directo. Tenía la habilidad de lograr, a través de las preguntas, que yo mismo me diera cuenta de qué era lo mejor para cualquier circunstancia a la cual me enfrentara. Sus preguntas hacían que mi mente se pusiera en actividad y me señalara el camino a seguir. Las respuestas que yo mismo elaboraba se convertían en mi plan de vida, en mi ruta para emprender el camino del futuro. Durante los días de semana tanto ella como yo estábamos muy ocupados. Ella, en su trabajo de bienes raíces —bastante demoré en comprender que no tenía nada que ver con árboles— y yo con mis estudios y las actividades propias de un niño, de un adolescente, de un joven, de un adulto. Por esta razón, estas conversaciones las sosteníamos durante el desayuno de los sábados.


Siempre me he preguntado qué hubiera sido de mí y qué tipo de educación me hubieran dado mis padres si la vida les hubiera brindado esa oportunidad. Cuando pienso en ellos, cuando veo la foto de nosotros tres el día que salimos de la maternidad, me invade una mezcla de sentimientos encontrados. Tengo la certeza de que todo lo que soy se lo debo a mi tía y no imagino una vida mejor sin ella en el centro. Por otra parte, me cuesta mucho conjeturar qué hubiera sido de mi vida si mis padres no hubieran partido tan prematuramente. Algunas preguntas no tienen respuesta y se convierten en enigmas que nos persiguen durante toda nuestra existencia.


El hecho incontrovertible es que mis padres fallecieron pocos días después que vine al mundo en aquel absurdo accidente y mi tía, mi único familiar, se vio obligada a hacerse cargo de mí, ella en la flor de su juventud, yo recién salido del capullo. ¡Menuda tarea le puso la vida por delante!

La tradición del desayuno no tenía nada que ver con la comida. Podía ser frugal u opípara, eso era lo de menos. Lo esencial era la conversación que se desarrollaba mientras consumíamos lo mucho o lo poco. Yo tengo la convicción de que durante esos desayunos aprendí mucho más que en todos los libros leídos y durante las incontables horas en los salones de clase. Y lo más curioso, insisto, es que mi tía solo me hacía preguntas y yo elaboraba mis respuestas. Ese era el momento en que los conocimientos adquiridos en la escuela, en el colegio, en la universidad, en los libros, en la vida, se relacionaban con mis inquietudes, con mis sueños, y juntos se transformaban en decisiones, o en nuevos interrogantes que debían ser respondidos. Las preguntas de mi tía se encargaban de obrar ese milagro.


Lo que hizo distinto el día de mi séptimo cumpleaños, casualmente era un sábado, fue que mi tía, a diferencia de otras veces, me permitió entrar con ella a su habitación después del desayuno. Ella siempre lo hacía después de dejarme con un libro o con un programa de radio —no éramos adictos a la TV— y salía después de un buen rato. A veces le preguntaba qué hacía a solas en su cuarto y ella invariablemente me contestaba con alguna incoherencia referente a los sueños.


Aquel día, al terminar de desayunar y recoger la mesa, me invitó a pasar a su cuarto. Presentí que algo importante iba a suceder y entré vacilante y a la vez emocionado.

Mi tía me dijo que ya era bastante grandecito como para comprender lo que de inmediato iba a observar y me hizo prometer que lo que allí viera debía quedar entre los dos. Iba a ser nuestro secreto y me hizo jurar solemnemente que nunca lo compartiría a menos que ella me autorizara a hacerlo.

Me senté en el borde de la cama y observé extasiado como, a ritmo de cámara lenta, se acercó a su mesita de noche, buscó algo en el fondo de la gaveta que resultó ser una pequeña llave, me la dio como quien entrega su vida en ello, se dirigió al armario, abrió la puerta, se agachó, sacó un cofre del tamaño de una caja de zapatos que estaba en el fondo debajo de unas mantas, lo levantó como si se tratara de una reliquia, lo colocó arriba de la cama, justo a mi lado, y me pidió que lo abriera. No sé por qué, pero las manos me temblaban al presentir que iba a traspasar el límite de lo desconocido, pero la sonrisa de mi tía me calmó y finalmente pude abrir el cofre.


Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, reza el dicho y hoy, tras la partida de mi tía, he aprendido a valorar lo que ella hizo con mi vida y también me invade un sentimiento de culpa al imaginar lo que no hizo con la suya. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que ella vivió para que yo viviera. Ella fue mi padre, mi madre, mis abuelos, mi amiga, mi maestra, mi compañera, mi soporte. Yo fui su razón de ser. Nunca le conocí un pretendiente, aunque su belleza, tanto física como espiritual, era innegable. Me imagino que los tuvo a montones pero intuyo que no los dejó entrar a su vida porque yo era su vida. No recuerdo que haya ido a una fiesta, a un evento, que no tuviera que ver conmigo. Tenía algunas amigas con las que hablaba por teléfono y que a veces se acercaban por la casa a visitarla, pero de allí no pasaban. Ella le dedicaba cuarenta horas a la semana a su trabajo y el resto a mí.


La verdad, no sé qué esperaba encontrar en el cofre, pero su contenido me defraudó por completo. Dentro de él había dos ficheros plásticos llenos de tarjetas en blanco. Entre ellos, un lápiz con punta de madera. Un lápiz frustrado ya que en esas condiciones era incapaz de cumplir con los designios reservados a un lápiz, que no son otros que servir para escribir.

Mi tía, mientras recordaba en voz alta los asuntos que hablamos durante el desayuno, comenzó a tomar tarjetas de uno y otro lado y a escribir en ellas con el frustrado lápiz, y a veces a borrar o tachar, palabras que no existían, pero lo hacía con mucha seriedad y dedicación. Por mi mente pasó la idea de que le faltara un tornillo pero no me atreví a hacerle ningún comentario. Cuando finalizó, organizó las tarjetas siguiendo un orden que solo existía en su mente porque no había ningún criterio visible de orden, pero para ella si parecía haberlo. Luego, me pidió que cerrara el cofre. Así lo hice, le entregué la llave y, de nuevo a ritmo de cámara lenta, devolvió ambos a su lugar de origen.


Todos los sábados se repetía la misma escena. A veces entraba al cuarto para verla escribir sus palabras invisibles y otras me quedaba afuera mientras ella cumplía con su ritual. Nunca me atreví a preguntarle cuál era el sentido de todo aquello. La verdad, perdí por completo el interés en averiguarlo.


En cierta oportunidad el Profesor de Química nos enseñó los secretos de la tinta invisible, y creí haber descubierto el misterio de las tarjetas en blanco. Ese día llegué temprano a casa, busqué el cofre y me dediqué a intentar leer las benditas tarjetas aplicando los distintos métodos que había aprendido. Examiné con cuidado el lápiz frustrado y al final el frustrado fui yo. El lápiz, definitivamente, no escribía y las tarjetas estaban en blanco. Fue la única vez que intenté algo parecido.


Mi tía me dio todo lo que necesitaba. Gracias a ella estudié en buenos colegios y con el tiempo me gradué en una reconocida universidad. Tuve mis grupos de amigos que con frecuencia iban a casa o yo iba a la de ellos, practiqué atletismo durante mi infancia y juventud y luego me dediqué a correr maratones con el único objetivo de mantenerme en forma. Mi tía me facilitó todas esas cosas y nunca faltó a ninguna reunión del colegio, a ningún evento académico o deportivo, a ningún maratón. Me llevó de vacaciones a diferentes sitios del país en su carrito viejo pero debidamente cuidado como si fuera otro integrante de la familia. Conoció a todas mis conquistas, me preguntaba mucho sobre ellas, y recién le presente a mi futura esposa, la mujer de mis sueños.


Su sufrimiento y posterior agonía fueron relativamente breves. El tumor recién descubierto ya había cumplido con su mortal misión y no quedaba más que aliviar sus dolores y esperar el final. Los ahorros de toda su corta vida, apenas me doblaba la edad, su seguro privado que nunca dejó de cotizar, más lo que yo ganaba dando mis primeros pininos como profesional, le aseguraron unos últimos días en relativa paz y sin sobresaltos económicos. Cuando se dio cuenta de que no volvería a casa, me pidió, casi me rogó, que le llevara su cofre de los sueños y así lo hice. En adelante, ya no fueron los sábados sino cualquier momento disponible el que tomábamos para nuestra sesión de preguntas y respuestas como las bauticé recientemente para su regocijo, y las consiguientes anotaciones fantasmas con el lápiz frustrado.


El último día, horas antes de marcharse, me pidió dos cosas, sus últimos deseos los llamó: nunca dejes de hacerte preguntas y nunca dejes de tomar nota de tus sueños, tus logros y tus tropiezos. Entendí perfectamente la primera petición pero no le vi mucho sentido a la segunda.

Esta mañana, al regresar del cementerio, llevé el cofre a su cuarto y estuve tentado de regresarlo a su lugar habitual, pero una fuerza invisible, como las palabras que había dentro de él, me impulsó a abrirlo. Allí estaban todas las tarjetas, ordenadas por categorías y en estricto orden de fecha, la cual se divisaba perfectamente en el borde superior izquierdo de cada una, y en ellas todas las anotaciones de mi tía.


Me llevó un buen rato leer mis primeros sueños, mis primeras decisiones, mis primeros tropiezos, todos los que siguieron a lo largo de mi existencia, perfectamente documentados con la hermosa letra de mi tía. Allí estaba registrada la historia de mi vida en blanco y negro. Busque las fichas clasificadas como Sueños en progreso, las leí cuidadosamente y escuché la voz de mi tía haciendo la tradicional pregunta: ¿Ahora qué? Al tener una respuesta clara en mi mente, tomé el lápiz que se encontraba en su lugar habitual, entre los dos ficheros. Sin poder contener las lágrimas que comenzaban a rodar por mis mejillas, comencé a escribir.



Autor

Gustavo Yepes

Coach. Conferencista. Experto en Gestión del tiempo

Aliado de "Y eso, ¿cómo se come?" en Hyggelink


blog original

https://apuntesalatardecer.blogspot.com/

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